Miles Davis & John Coltrane - Autumn Leaves.mp3
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domingo, noviembre 04, 2007

EN ESE AQUÉL DÍA

A Tatica Gautreaux

Ahí estaba la abuela, humillada por la impotencia de la agonía.

Tras una larga vida de extraordinarias aventuras y de innumerables experiencias adversas y benévolas, de dichas llenas de voluntad emancipada y de su orgullo obstinado, después de manifestar heroicamente su valentía siempre que el destino le ponía de bruces al futuro, después, ahí, con el paso del tiempo, sólo le quedaba visible el pequeño espectro del cielo raso que adornaba el techo de la habitación, que, dentro de lo sensorialmente posible, le permitía contrastar, con los ojos abatidos, todos los rostros de los que franqueábamos la cama para verle el suyo ya envejecido.

No hablaba ni sonreía. Su cuerpo arrugado y flácido no le alcanzaba siquiera para decretar su último apetito, apenas cerraba o dejaba caer deleznablemente los párpados, quizá buscando un poco de luz en otras dimensiones de su cercenada existencia.

Todos conversaban y sufrían. La abuela se iría de nuestras vidas y se llevaría con ella todas las historias que nos contaba sentada en su inmemorable sillón de mimbre, cuando nos reuníamos los domingos en el balcón de la casa que compró junto al abuelo; el abuelo ya no estaba, hacía mucho tiempo que había muerto. La abuela contaba sus historias cada tarde y cantaba sus canciones, con las piernas cruzadas y con la mirada dejada en otros tiempos y épocas en que la vida sólo era vida.

- Ahora ya le queda poco-, había dicho el doctor Abelardo antes de ajustarse el sombrero y marcharse.

Lo que nos parecía extraño, era que la abuela se aferrara a la vida con tanta fuerza, pues sólo le quedaba intacta la vista, era lo único que podía hacer en el mundo, mirar, lagrimear, y después, ahora, con tantos años que han pasado, me pregunto qué miraba la abuela, por qué lloraba, qué pedía.

Yo tenía apenas doce años, y ella estaba allí con casi un siglo entre sus vestigios. No sé si lo hice a petición suya, no recuerdo si me lo había pedido antes, cuando me sentaba en sus piernas para calmarme el llanto; apenas tenía doce años, y ella ahí, humillada por la impotencia de la agonía. Tomé la almohada sin pensarlo dos veces, estábamos solos, la abuela y yo, con todo el pasado y el futuro enredado en nuestras miradas. Tomé la almohada, y me despedí de la abuela con un beso en la frente, y ella, dejó de llorar para siempre queriendo sonreír valientemente para darme ánimos. Se quedó quieta y soltó la luz por donde se aferraba a todo lo que había sido.

Yo salí de la habitación, lloraba, era apenas un niño, doce años, aún tenía la almohada apretada en mis manos, me senté en uno de los muebles de la sala y lloré todo lo que tenía que llorar esa tarde hasta comprender que quizás a mí también me lo tendrían que preguntar algún día.
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In memorian.

martes, octubre 16, 2007

EMERGENCIAS (1)


Estábamos el Fari, Tita y yo, sentados ahí, pensando y gesticulando por turnos. Tita insistía en hacernos saber que al pobre señor abuelo de la tres le quedaban apenas dos horas por dos y yo trataba de no reírme mientras le encapuchaba la boca al Fari con las dos manos para que no le dijera a uno de los de blanco, botones y al pobre abuelito, Don Quijote, y Tita seguía con sus dos ojazos de mármol pulido y sus largos dedos pantomímicos intentando hacernos saber que a Don Quijote le diagnosticarían fumopatía compulsiva y al Fari lo de siempre: anomia existencial.

Lo de Quijote no fue difícil entenderlo y no le di créditos ni al Fari ni a Tita, porque el abuelito tenía unos bigotes evidentemente caballerescos y una fugitiva tos enfisemita que cualquiera que entrara a la tienda se hubiera dado cuenta al instante de que el anciano era justamente el Tuberculoso Borracho Don Bigote de la Barra. ¡Dos por dos pobre abuelito que te embarcas en la pasmosa empresa de levantarte súbitamente de la camilla, buscando, cada vez con menos urgencia, alguna bocana de aire puro que te salve de tu axiomático molino de viento, transfigurado en una sensual verdura de tabaco afeminado. Y Tita, Tita insistía en hacernos señales y muecas de todo tipo para tratar de entretener al Fari e impedirle que se aterrorizara con la cara de preocupación que yo tenía puesta en el rostro; «Dulcinea», susurraba.

Llevábamos treinta minutos sin que a nadie le pasara por la mente ni por los estetoscopios (el Fari apodaba audiófonos MPcuatrocientos cincuenta mil novecientos veintidós) que nosotros estábamos ahí en medio de la rebobinada vida de la medicina expeditiva, esa vida de eternas batas blancas y guantes recién puestos con la indiferencia e inexpresión con que los mismos días de tragedias ajenas van llegando y yéndose intactas, cuando uno de los botones supuso, al pasar cerca de los banquillos donde estábamos, que el corazón del Fari quería oír, por curiosidad, lo que estaba sonando en su audiófono MPcuatrocientos cincuenta mil novecientos veintidós, así que se lo puso en el pecho y el Fari le miró asombrado porque el botones había adivinado donde estaba su oreja, y entonces se lo llevaron en breves pasos parsimoniosos de uno en uno a la cinco; y ahí estábamos, Tita, con el gesto amable de quien sabe que lo mejor en esos momentos es no decir ni una sola palabra hasta que el especialista pida información, historia clínica, seguro médico o tarjeta de crédito si no se tiene debito efectivo, el Fari, que, por disposición del botones, estaba tirado boca arriba en la camilla de la cinco con el torso desnudo y pidiendo a la camarera un ron a la roca sobre hielo raso…

sábado, julio 21, 2007

ME VENGO Y ME VOY

Yo soy así, siempre. Nunca me ha gustado dejar ese tipo de cosas inacabadas. ¿Tú me entiendes? No me mires con esa cara. Yo sé que tú constantemente me has hecho saber que soy una persona rara, y en cierto sentido tienes razón, porque, mira, no se trata sólo de satisfacer una necesidad psicológica, como dicen esos psicoanalistas por ahí, no, como si yo fuera ferviente practicante del sadismo. Es que me molesta cuando me quieren coger como ratita de laboratorio y dejarme como idiota, sintiéndome mal conmigo. Te pongo un ejemplo… ¿Recuerdas lo que te hizo el tipo ese, que ni voy a mencionar su nombre, cuando te vino con esa de que era soltero y después que estaba casado? Bueno, sí, está bien, sé que no es lo mismo, que al final se enamoró de ti, pero en el fondo, y no me vas a negar eso, él también como que tenía algo de malicia al principio, y yo te lo decía y no me hacías caso. Pero no hablemos de eso. El caso es que hay veces donde mejor es estar clarito como el agua. Por eso yo se la puse en fa a esa señora, que a mi nadie me usa así nomás, Marta, y no digo que a ti el tipo te usó, para nada, no me refiero a eso, pero a esta señora… ella fue la que me pidió personalmente que la ayudara en la tienda, que me iba a pagar cinco mil pesos mensuales, y, ¿Cuánto duré sin tener ni un Duarte en los bolsillos, dime? Que hasta a ti misma te pedí dinero prestado porque no tenía ni para el pasaje. Te digo, un día me cobre mis tres meses trabajados, me le llevé unas cuantas prendas por honorarios, cerré la tienda y me largue con la única llave, ¿Eso es ser mala, Marta, dime? Por eso te digo, yo me vengo y me voy, yo no estudié de balde, Marta, a mi nadie me coge de pendeja.

viernes, julio 20, 2007

AGENDA

Habían quedado para juntarse a las seis menos cuarto en la plaza comercial del centro y ninguno de los dos faltó a la cita. El martes a esa hora debía de ser un buen día para verse sin levantar sospechas, a cada uno le tomaría alrededor de ocho a diez minutos para llegar al encuentro. Altagracia ya estaba sentada en uno de los banquitos de enfrente a la tienda acordada cuando él se le acercó de repente con un «hola» y un «vayámonos de aquí» que ella comprendió enseguida. No debían quedarse por mucho tiempo juntos en un lugar público y concurrido como aquél que eligieron para consolidar su coartada en caso de demora.

Excepto por el vigor del apretón en el antebrazo izquierdo, Altagracia tomó todo como si la costumbre misma de cada tres veces al mes y la urgencia de verse fueran el pretexto convincente de que algo podría pasarles si titubeaban un segundo en insignificantes mediciones y diferenciaciones de fuerzas entre géneros, así que la rudeza fue perdonada en el mismo momento en que sucedía, aunque permanecería extrañada hasta bajar al estacionamiento y decidirse por el automóvil de ella, sin vacilar, simplemente porque Petonilo no tenía ninguno. Dentro, con una calma expectante, lo que restaba ya era poco, pronto estarían en un motel en las afueras cercanas a la ciudad, por eso Altagracia prefirió ceder a sus instintos y entregarse por completo a disfrutar de la libertad que sólo conseguía cada cierto tiempo en los brazos de Petonilo.

Como de costumbre, no se dirían mucho hasta llegar al motel, porque ninguno querría desgastar las ansias guardadas durante dos semanas y media en pequeñas y delicadas demostraciones de afecto que no deberían expresarse nunca fuera del contexto correspondiente, pero Petonilo no le acariciaba ni le tocaba y eso del tacto sí estaba permitido, hasta cierto punto, siempre fue una especie de preámbulo erótico y afrodisíaco para ir ganando tiempo y esto Altagracia no lo sospechaba sino que lo tenía sobradamente claro en cada encuentro, por eso asentía con la disposición de una mujer que sabía perfectamente en lo que estaría dentro de un rato.

Petonilo no le miraba ni le tocaba, y ella ya empezaba a sentirse como gata en celo y eso a su orgullo no le venía bien. Siempre pensó que él no era uno de esos hombres a los que había que entusiasmarlo excesivamente para recordarle la vida, por eso mismo lo eligió como amante dos años antes en una noche en que se le acercó en una esquina para preguntarle la dirección de un lugar con el que no daba, y él entonces se acercaba y la atrapaba respondiéndole con una mirada joven y tan llena de excitación que empapaba todo el auto hasta el techo, una mirada que hasta ahora no pudo librarse ni nunca se libraría.

A Altagracia le molestó la pregunta, insistente, comprensible, viniendo de un muchacho diez años menor que ella, pero que debió ser entendida y olvidada con la misma respuesta que también hoy le daría.

―¿Lo vas a dejar o no, Altagracia? ―le preguntó Petonilo, secamente, como quien sabe que el mar trae olas grandes cuando hay viento fuerte. Y la misma respuesta confirmada bastó para convencerle en que no tendría otra forma de terminar con aquello que no fuera con esa que había planeado desde hace dos semanas.

―Sabes que no puedo, niño mío ―contestó Altagracia, sintiendo un adeudo encima que sólo podría pagarle en la cama a escondidas, por unas pocas horas―. Tengo hijos con él y le estimo… ―Y todo esto Petonilo lo tuvo claro desde el principio, pero el fuego en el pecho sólo se le apagaba hasta lograr quemar totalmente la madera que le astillaba el corazón y toda el alma, y
la única manera conocida por Altagracia para restablecerle el ego y el orgullo a un jovenzuelo herido, era hacerle el amor hasta agotarlo y dejarlo feliz mientras tuviese la mano en la masa y ahí precisamente era el lugar donde ella quería que Petonilo la tuviera, por eso al llegar al motel, aprovechaba que esta vez quien estaba al volante era él y no ella, lo que le daba más oportunidad para la acción desbordante a la que ningún hombre ha sido capaz de escaparse o rechazar sin ceder hasta la sangre, por más pretextos y evasivas fraguadas en otro mundo.

Con la viveza y el apresuramiento de siempre, que comprendía el ritual que se desarrollaba desde el auto hasta la entrada de la cabaña, ya completamente salvados por la portezuela de la marquesina particular que todo establecimiento de este tipo debe tener en cada una de sus casitas de paso, de breve y discreto arrendamiento, Altagracia, en su búsqueda de placer, recogió la soga que cayó de la mochila del muchacho donde debía haber libros, y se fue delante con ella en las manos para no retrasarse, porque no importaba, lo interesante era estar juntos y desnudos ahí dentro hasta descalentarse mientras hubiera tiempo para completar la agenda.


Entonces sintió en su espalda un fuego más ardiente que el de su lascivo y libidinoso cuerpo, y supo con la tercera puñalada, que ese día, no era suya la agenda que se llevaba a cabo, que cada cuchillada había sido planeada por Petonilo para desagraviarse y sacarse su amor por ella de encima...

Ya arrastrada hacia la cama, con toda la sangre manchando la habitación, a Petonilo le quedaría tiempo suficiente para limpiarlo todo, pedir un café por la pequeña ventanilla, fumarse lentamente un cigarrillo mientras contemplaba el cuerpo inerte de su amada y quizás buscar un lugar alto e inequívoco donde amarrar la soga para colgarse.